“contra cerrojos, contra cicatrices,
contra el silencio, contra el desamparo,
contra esos templos donde se refugian,
ávidos de mentiras, los malvados,
tú y yo solos en busca de emociones,”
Luis Alberto de Cuenca.

Uno de los aspectos de nuestro país, que más me repugnancia me generan, es contemplar el desprecio absoluto, llegando incluso al insulto, que muchos perennemente mantienen hacia nuestro cine y otras expresiones artísticas. Bien por las subvenciones recibidas (nacidas de la misma bolsa amniótica, que aquellas endosadas la Confederación de Empresarios, y que no son criticadas sino alabadas), bien por abordar temáticas sociales o históricas de nuestro reciente acervo colectivo, y que difícilmente podremos contemplar en las megaproducciones de Hollywood.

Actitud que no me sorprende, a pesar del estupor que me genera en ciertas ocasiones al conocer en persona a eruditos de la crítica soez, al estar sobradamente acostumbrado a ese estúpido calificativo, “maría”, otorgado en nuestra contexto sociocultural a ciertas asignaturas cuya importancia, para el desarrollo de las capacidades y habilidades del Ser Humano, pasa desapercibida a los ojos de tan exquisitos catedráticos.

Una de estas asignaturas marcadas por el escarlatino adjetivo, es sin duda la asignatura de dibujo y plástica. Esa asignatura destinada a desarrollar la creatividad, el sentido de la estética y la percepción en nuestro alumnado, aunque por el valor que parecen otorgarles en muchos casos algunos padres, profesores, periodistas y políticos, parece más una asignatura destinada a entretener y rellenar huecos en los extensos horarios escolares.

Resulta curioso, sin embargo, que estas apocalisticas pes, años después cuando los afortunados alumnos que logran integrarse en el escaso mercado laboral de nuestro país, demanden y exijan de ellos creatividad e innovación. ¡¡Cómo se puede pedir creatividad a una mente, que no ha sido educada para desarrollar esta capacidad!!

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Aunque no es únicamente esta asignatura la sufridora en exclusiva de esta lacra, es algo común a casi todas las enseñanzas y asignaturas relacionadas con el arte. Así las distintas actividades relacionadas con la poesía, la música, la expresión corporal y escénica, terminan sufriendo falta de compresión e indiferencia por una amplia mayoría de la comunidad educativa y, sobre todo, por una amplia mayoría social. Tanta incomprensión e indiferencia, que una de las mayores críticas recibidas por la antigua Diplomatura de Magisterio, procedía por las enseñanzas relacionadas con el empleo de la flauta o, las manualidades que contenía su currículum.

Esta nefasta actitud, nos está conduciendo a dos dramáticas situaciones, la primera relacionada con nuestro patrimonio cultural, a día de hoy nuestros jóvenes muestran un total desinterés por nuestra riqueza literaria, pictórica, musical, arquitectónica o teatral, ocasionando que muchos de nuestros chavales desconozcan a Picasso, Manuel de Falla, Ángel González o Gabriel Celaya. La otra tiene que ver con las graves carencias en el desarrollo del lenguaje corporal, las expresiones emocionales, el reconocimiento de éstas, o en psicomotricidad fina.

Un drama que sin dudas provoca que a día de hoy, no sólo nuestros alumnos sean incapaces de valorar la belleza y significado de obras como los siguientes versos de Gabriel Celaya:

“Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.

Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.”