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“A mí me han hecho los hombres que andan bajo
el cielo del mundo
buscan el brillo de la madrugada
cuidan la vida como un fuego.”
Juan Gelman.

Cada día me sorprende más la falta de esfuerzo, de constancia, de persistencia en las tareas, presentada por nuestros jóvenes. Una peligrosísima característica comportamental, por sus nefastas consecuencias en su desarrollo personal y profesional futuro.

Es un tema que suele centrar muchas de las habituales conversaciones en el claustro docente, en las sobremesas familiares, en las conversaciones entre los profesionales del Departamento de Orientación, los profesores, los padres y los propios alumnos. Conversaciones destinadas a encontrar en esas que erradique el alto número de fracaso y abandono escolar generado por dicha actitud.

Hasta ahora casi todas las respuestas aportadas han tratado de solucionar el problema desde planteamientos motivacionales, incentivación a través del incremento de recompensas materiales o, supresión de actividades de las actividades de ocio desarrolladas por los jóvenes. A mi modo de ver y entender la educación, todas estas soluciones son limitadas o escasas, pues parten desde una posición externa a la voluntad e intencionalidad del alumnado. Por mi parte, creo que la solución es algo más compleja y que necesariamente pasa por una de esas asignaturas denominada “María”, la educación física.

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La relación entre el desarrollo físico y cognitivo, es conocida desde antiguo, quizás su máxima exponente es la expresión popular de “mente sana en cuerpo sano”. Dentro del ámbito educativo esta tendencia es mostrada en la relevancia dada en los últimos años, a los procesos de desarrollo psicomotrices, tratando de fomentar su evolución progresiva desde las primeras etapas de educación infantil. Otra de las especialidades científicas que ha abordado esta relación, es la neurociencia, siendo uno de sus más importantes representantes, de esta unión entre mente-cuerpo, Antonio Damasio. Aunque sin dudas, la obra más representativa en este sentido, es la desarrollada por G. Demeny en 1928, La educación del esfuerzo.

Desde ella, este maestro de educación física, trata de enseñarnos la influencia que supone para el desarrollo de nuestros jóvenes, la adquisición a través de esta asignatura, de dos nociones básicas sobre el esfuerzo y el trabajo estudiantil, la cantidad o equilibrio en el esfuerzo y la calidad o modo de ejecución de dicho esfuerzo. Dos aptitudes fundamentales para la consecución de cualquier objetivo vital.

Es por ello, que nunca he llegado a entender, la cantidad de ataques recibidos por una asignatura tan relevante para el futuro desarrollo de nuestros chavales. Una asignatura cuyo prestigio, dedicación horaria, y respeto público debería verse exponencialmente incrementado, dentro de nuestra comunidad educativa.