“Y entretanto han pasado innumerables siglos
desde que os combatís sin tregua ni piedad,
hasta tal punto amáis la muerte y la matanza
¡Oh eternos gladiadores, oh implacables hermanos!”
Charles Baudelaire
 

Mucho se ha hablado en nuestro contexto social sobre el adoctrinamiento ejercido por algunas asignaturas (Educación para la Ciudadanía), hecho que justificaba según algunos sectores ideológicos de este País, su exclusión del currículum educativo. Por eso siempre me ha sorprendido mucho, la presencia del credo católico en el currículum educativo de nuestros colegios e institutos. Una presencia, que siempre he considerado subyugante para otras asignaturas, contenidos, procesos y actitudes, mucho más relevantes y necesarias para la vida del Ser Humano. Un presencia, que me ha hecho sentir varias veces a lo largo de mi vida, la violación sistemática de mi derecho (artículo 16.2 de la Constitución) a no ser obligado a declarar mis creencias religiosas.

Abordar el tema de la asignatura de religión dentro del currículum académico, es sin lugar a dudas, uno de los temas más espinosos dentro de nuestro contexto social, circunstancia que, en mi opinión, ha generado siempre un análisis muy superficial y tópico de las graves consecuencias sociales, derivadas de este adoctrinamiento religioso. Motivo que ha provocado, en mi opinión, mantener esta discusión más en el terreno de la persecución ideológica de algunos posicionamientos laicos a la creencia religiosa, que en el propio terreno del papel jugado por un adoctrinamiento religioso específico, sobre el repertorio comportamental de los alumnos, sus procesos de aprendizaje o sus procesos motivacionales.

En mi opinión, hay hechos más que evidentes que aconsejan la exclusión curricular de esta creencia específica de nuestras aulas públicas, siendo algunos de estos hechos los siguientes:

    • En el campo del desarrollo moral, hemos visto como mantener la creencia de que lo correcto es aquello que agrada a un tercero, en este caso a un dios; es una creencia que nos mantiene en un nivel de desarrollo moral de un niño de 10 años. Ocasionando con ello una clara falta de autonomía en nuestras decisiones, pues no elegimos aquello que estimamos correcto o incorrecto, sino aquello que agrada o desagrada a la divinidad. 
    •  En el campo motivacional, hemos podido comprobar que el hecho de atribuir externamente el origen o la causa de nuestros éxitos o fracasos pueden ocasionar en nosotros una absoluta dependencia hacia esos factores, mermando con ello nuestro autoconcepto, autovalía, autoestima o nuestro nivel de esfuerzo y compromiso, pues hagamos lo que hagamos, el éxito o el fracaso no reside ni en nuestra capacidad, ni en nuestra persistencia, sino en el bondad, o características de un tercer elemento, sea este llamado suerte, o sea considerado un dios.
    • En el campo del desarrollo emocional o de la felicidad, hemos podido comprobar que el estado de flujo o sensación de plenitud está directamente relacionado con el nivel de capacidad o habilidad desarrollado por la persona, para poder enfrentar las tareas acontecidas en su vida. Sin embargo, cuando no percibimos este nivel de capacidad para enfrentarnos a los retos diarios, en nosotros se desencadenan emociones y sentimientos, muy poco positivas para nosotros, como ira, furia, envidia o, celos.
    • En cuanto al tema de nuestras habilidades sociales o la capacidad para interactuar con el resto de miembros que conforman nuestro espacio vital, hemos podido comprobar más de una vez, como la lucha religiosa ha generado más conflictos que aquellos que ha resuelto. Casi todas las corrientes religiosas, la católica en esto no es una excepción, consideran su credo como el único verdadero, y su código de conducta, el único adecuado para la convivencia social, tratando de imponerlo, de forma explícita o implícita, en aquellos territorios o contextos sobre los que poseen algún tipo de influencia gubernamental. Expresando muy poca tolerancia y empatía con otras posiciones, visiones o creencias ideológicas, incluidos los hechos probados científicamente.

A pesar del exiguo carácter de este listado, fundamentalmente por el espacio y formato del contexto, me parece que es una buena muestra de motivos para solicitar por cuestiones pedagógicas la exclusión de la religión católica de nuestro currículum académico. Hecho que para nada ha de ser entendió como un ataque al derecho fundamental, que todos poseemos, de libertad de conciencia y credo, sino que únicamente se trata de ubicarla en el lugar que por su propia naturaleza le corresponde, la vivencia individual de aquellos, que libre y reflexivamente, han optado por dirigir sus vidas bajo el culto y mandato de un dios o divinidad.