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“No es falta de poder que yo no pueda
tener al benemérito quejoso,
ni harto de venganza al invidioso
que al bien obrar infama la vereda;”
Francisco de Quevedo.

Vivimos días, en los que al contemplar los distintos medios de prensa destinados a informar, divulgar o promover el conocimiento exacto de aquellos acontecimientos que afectan nuestra vidas, uno, no puede más que sentir un terrorífico escalofrío, de esos que dejan bloqueado cuerpo y mente. Es horroroso, contemplar la degradación ética y moral de este país, en particular, y en general, de la cultura predominante de este planeta.

Casos de corrupción, gubernamentales y ciudadanos; ejercicios constantes de sometimiento por pensar o sentir diferente; luchas despóticas entre ex, que emplean como munición a sus hijos; líderes religiosos que colaboran con dictaduras, mientras predican amor para todos; docentes que facilitan dos días antes de examinar a sus alumnos, las preguntas correspondientes al examen, para aumentar con ello las estadísticas particulares y gubernamentales sobre el nivel de aprobados.

Y es que uno, a día de hoy, tiene la sensación muchas de sus noches, de entregarse al sueño, habiendo entregado antes la más absoluta de las razones al viejo Bías de Priene, y su lapidaria frase en el Templo de Apolo de Delfos, “la mayoría de los hombres es mala”.

Podemos intuir por ello, que Bías, a pesar de vivir en el s. VI a.c., como legislador, político, y hombre acostumbrado a danzar entre litigios, había podido contemplar en primera persona, todo ese extenso repertorio de acciones buenas y malas, que una misma persona puede llevar a cabo. Y junto a él, ese exquisito grupo de pensadores, de filósofos, que desde un primer momento comenzaron a abordar esta parte de la filosofía, la ética.

Todos ellos nos legaron magníficos manuales de formación y reflexión en este campó, y sin dudas, son los responsables de los actuales estudios sobre el desarrollo moral de los individuos y el origen de la ética. Dentro de estos estudios sobre el desarrollo moral, el autor más destacado o reconocido, es el psicólogo americano Lawrence Kohlberg, que a través de sus conocidos dilemas morales (historias que plantean dilemas entre valores), estableció tres estadios, con dos fases cada uno, para el desarrollo moral del individuo, preconvencional, convencional y postconvencional.

Estadio preconvencional, alcanzado a los 10 años:

      • El valor más importante es la obediencia a la autoridad para evitar el castigo.
      • Cada uno intenta cuidar sus propias necesidades. La razón para ser bueno con los demás es que así los demás serán buenos con nosotros.

Estadio convencional, en el se encuentran los niños de 10 años y la amplia mayoría de los jóvenes y adultos:

      • La buena conducta es la que agrada a los demás y la que merece su elogio.
      • La buena conducta significa ser un ciudadano que cumple y obedece las leyes establecidas por la sociedad.

Estadio postconvencional, alcanzado por una exigua muestra de la población:

      • Es necesario obedecer las normas de la sociedad porque están establecidas en beneficio de todos y mutuo acuerdo.
      • Las acciones que se proponen como correctas se basan en principios éticos que el propio sujeto ha construido

La importancia de alcanzar un estadio adecuado de desarrollo moral, radica en su relevancia para el desarrollo del autoconcepto, el desarrollo de la autonomía individual, en la toma de decisiones que afectan a nuestra autorregulación conductual, la elaboración de las políticas de organización social del entorno que habitamos, o en la elaboración de los distintos códigos disciplinarios y penales vigentes en nuestras sociedades.

Obviamente, el primer paso para alcanzar este desarrollo moral, y poder facilitar el desarrollo moral de nuestros jóvenes, es conocer exactamente en cuál de los estadios y fases anteriormente nombradas nos encontramos. Para ello, lo más adecuado es abordar de formar explícita discusiones morales sobre libertad, sexo, conciencia personal, etc; con nuestra pareja, compañeros, hijos, padres o hermanos.