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“¿No comprendió que sin él,
fuera un tormento mi vida,
donde guardara escondida
una copa de hiel?”
Rosalía de Castro.

El fin de todo proyecto educativo es fomentar en los alumnos un cambio permanente en sus mecanismos comportamentales, a través de su interacción con los elementos ambientales que le rodean. Llamando a este cambio, aprendizaje, al que otorgan distintos apellidos en función de diversas características circunstanciales, como son, su duración en el tiempo (escolar, universitario, a lo largo de la vida,…), su estructuración (formal, no formal, informal) o en función del nivel de consciencia empleado en su adquisición (implícito o explícito).

Esta inmensa genealogía, suele provocar que olvidemos los ejes esenciales que acompañan a esta capacidad, ocasionando con ello, estrepitosos fracasos en nuestros alumnos, y en muchos casos, en nuestros hijos. Es por ello, que la ubicación de este artículo no ha sido algo aleatorio, sino intencionado, pues para poder alcanzar un proceso de enseñanza-aprendizaje eficaz y eficiente, hemos de tener en cuenta cinco procesos previos:

    • Un motivo por el cual invertir energía o esfuerzo para la adquisición de los nuevos contenidos (motivación).
    • No agotar esta energía en acciones, procesos o procedimientos, ajenos a nuestro objetivo o motivo de aprendizaje (atención).
    • Recuperar fácil y eficientemente los contenidos almacenados con anterioridad, para así, relacionarlos con las nuevas circunstancias (memoria).
    • Tener consciencia de los resultados y de las condiciones, nuestras y del proceso de aprendizaje (consciencia).
    • Activación del organismo para dar una respuesta rápida y efectiva ante las demandas contextuales (emoción).

Es cierto, que dependiendo de la corriente filosófica, psicológica, política o religiosa, veremos destacados algún que otro elemento más sobre los procesos (cómo se aprenden los contenidos) o sobre las condiciones de esos procesos (cuándo, dónde o con quién, se aprenden los contenidos), aunque es igual de cierto, que nuestra naturaleza, únicamente nos otorga dos mecanismos de aprendizaje, condicionados por estas cinco capacidades:

    • Implícito o por asociación: no requiere ni propósito ni consciencia de lo aprendido. A través de él, generamos diferentes teorías, sobre la probabilidad de correlación causal entre los distintos elementos que nos rodean, condicionando de un modo poderoso nuestras pautas comportamentales.
    • Explícito o reflexivo: implica consciencia y persigue un propósito específico de aprehensión. En las edades más jóvenes, este objetivo suele estar determinado por otras personas (padres, profesores, autoridades educativas,…), mientras que en edades adultas, suele ser autodirigido.

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Es más que evidente, que todo proyecto educativo, sea desarrollado por padres, profesores, organizaciones sociales o instituciones administrativas; ha de potenciar el segundo mecanismo de aprendizaje o aprendizaje explícito, pues es la mejor herramienta para fomentar procesos individuales de autoaprendizaje , maduros, reflexivos, conscientes. Procesos que persigan facilitar a los individuos las habilidades necesarias para seleccionar, clasificar y relacionar distintos elementos contextuales, para aplicarlos al elaborar un exhaustivo análisis de los problemas que enfrentan. Estas habilidades son el germen del espíritu científico, el arma más potente para generar o transformar acontecimientos, que día a día han de superar los distintos integrantes de cualquier grupo social.

Alcanzar este objetivo, requiere que nuestros procesos de enseñanza faciliten a nuestros alumnos o hijos:

    • Entender lo que hace y por qué lo hace.
    • Conocer el objetivo de cada tarea.
    • Generar confianza en ellos.
    • Ayudarles a buscar sus propios intereses y el interés general.
    • Estimular el progreso personal.
    • Fomentar su autoconcepto.
    • Constatar que han hecho y qué resta por hacer en el proceso.
    • Experimentar que aprenden.