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“Pide que nos echemos tú y yo sobre la manta,
tú y yo sobre la luna, tú y yo sobre la vida.”
Miguel Hernández.

Estoy convencido que si ahora mismo pudiésemos traspasar esta pequeña pantalla y, comenzásemos a charlar sobre los motivos que nos llevaron a leer este post, todos podríamos indicarlos. Aunque quizás, no todos, podríamos indicar cuáles han sido los diferentes pasos que hemos seguidos para convertir a estos motivos, en los determinantes de nuestra conducta. Y no ha de extrañarnos esta dificultad para identificar cada uno de los pasos implicados, pues a pesar de la sencillez con la que podemos poner en marcha nuestras conductas, tras cada una de ella se encuentra un complejo proceso que determinará su inicio, dirección y mantenimiento en el tiempo. A este proceso lo llamamos motivación o proceso motivacional.

Como podemos observar en el dibujo, los desencadenantes de la motivación se engloban dentro de un conjunto multifactorial, interrelacionados complejamente y, que habitualmente han sido divididos como determinantes internos, la herencia, la homeostasis, el crecimiento y los procesos cognitivos. Y como determinantes externos, que implican al aprendizaje, el hedonismo y a la interrelación social. Cuando uno o varios de estos determinantes se combinan con información, relevante para el individuo por las circunstancias temporales que le rodean, derivada de otros procesos cognitivos (autoconocimiento, autoestima, expectativas, atribuciones, autoconcepto) dan lugar a la activación del comportamiento, que será responsable de poner en marcha una conducta, mantenerla con una intensidad determinada y finalizarla. En ese mismo instante se fija también dirección u objetivo al que se dirige esa conducta. Todo este proceso se autorregula mediante un sistema de retroalimentación, que evalúa los resultados obtenidos tras la actuación de la conducta sobre el medio, permitiendo al individuo mantener la conducta, terminarla o modificar la intensidad con que se ejecuta. Esta evaluación confirma se han alcanzado los objetivos o no, e incluso genera cambio en los propios objetivos iniciales en función de las nuevas condiciones que ha creado la propia acción sobre el medio (1).

Para gestionar todo este proceso de toma de decisiones, mantenimiento de conducta, intensidad de las conductas desarrolladas, etc, a lo largo de nuestra vida hemos adquirido y desarrollado un conjunto de acciones planificadas sistemáticamente para la consecución de un fin, definidas habitualmente como estrategias motivacionales. Este tipo de estrategias, muy a nuestro pesar, pueden ser empleadas de modo automático o bajo control consciente.

En el caso particular de los discentes, el empleo de este tipo de estrategias en sus procesos de aprendizaje les acarrea consecuencias motivacionales, cognitivas y afectivas, que pueden resultar positivas, neutras o negativas para sus procesos de desarrollo y crecimiento, de modo que cada una de las estrategias conlleva implicaciones para los procesos de aprendizaje.

Algunas de estas estrategias, que por la importancia que entrañan veremos más detenidamente en el siguiente post, son:

  • E. Valoración del Coste: genera pensamientos que establezcan la adecuación del coste que supone la realización de una tarea concreta, en términos de tiempo, trabajo y esfuerzo.”Este tipo de tarea no suelen ocupar mucho tiempo, así que voy a intentar concentrarme y así hacerla ahora”
  • E. Exaltación Valor de Consecución: genera percepciones y creencias positivas sobre si la tarea le permitirá confirmar sus capacidades y/o nivel de esfuerzo. “Si hago bien esta tarea, demostraré a todos que soy muy bueno en…”
  • E. Control de la Ansiedad: es empleada para enfrentarse a situaciones de importancia o tareas que presentan cierta dificultad, y así evitar ponerse nervioso.

(1) Fernández-abascal, E.G; Martín, M.D.; Domínguez, J. (2006). Procesos Psicológicos. Madrid: Pirámide.