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“A menudo los hijos se nos parecen,…”
J.M. Serrat

Pasamos gran parte de nuestra vida en familia, un contexto socio-educativo, que cuando cuenta con las condiciones de convivencia adecuadas, nos permite, a todos sus miembros, alcanzar el desarrollo pleno e íntegro de todas nuestras capacidades; convirtiéndose sin dudas, en una de nuestras mayores fuentes de satisfacción vital.

Generar ese clima de convivencia adecuado, demanda, como comentábamos en el post de la semana pasada, un conjunto de habilidades parentales que son únicamente adquiridas, a través de procesos formativos específicos. Sin embargo, estos programas destinados a contribuir de forma preventiva al fortalecimiento y desarrollo de los individuos, las familias y, por extensión, a la sociedad, pues contribuyen sin dudarlo, a su prosperidad; son seguramente una de las mayores carencias y lagunas del actual sistema educativo y formativo.

No podemos tampoco olvidar, que en algunos momentos, son los propios progenitores quienes renuncian a este tipo de acciones formativas, al sentir cierto temor por la opinión que pueden llegar a tener, las personas con las que habitualmente interactúan, sobre sus capacidades parentales. Por eso, es muy importante, que cada vez que hablemos sobre escuelas de padres u orientación familiar, recordemos a nuestro interlocutor, que nuestro fin no es juzgar a nadie (todos los padres pretenden lo mejor para sus hijos), sino optimizar las relaciones intra e interfamiliares, para evitar la aparición de problemas en su seno, potenciando el desarrollo de las emociones positivas y la satisfacción de todos sus miembros, a través del desarrollo de todas sus capacidades personales.

Otra técnica para derribar estas posibles barreras a la formación parental, es otorgar a los padres información sobre los estilos educativos (1) empleados comúnmente por los progenitores, identificados por Baumrind en sus investigaciones, permitiendo que descubran las consecuencias de cada uno de estos estilos, sobre las emociones o conductas de sus hijos. Estos estilos son:

  • Permisivo: los progenitores ofrecen un ambiente familiar afectivo y de apoyo a sus hijos, aunque evitan el control sobre las elecciones de los hijos y les ofrecen escasas oportunidades para que asuman las responsabilidades derivadas de sus conductas. Como consecuencia los niños suelen ser inseguros e impulsivos.
  • Autoritario: son progenitores que suelen demandar excesiva obediencia a sus hijos, empleando incluso la fuerza o cachete para alcanzarla, suelen también limitar su autonomía personal y las oportunidades para que tomen sus propias decisiones. Por todo ello, los chavales tienden a ser desconfiados, tímidos, poco sociables, dependientes, rebeldes, inseguros y poco felices.
  • Democrático: son progenitores que suelen emplear el diálogo con sus hijos, demandándoles el cumplimiento de las normas de convivencia familiar fijadas. Valoran el esfuerzo de los hijos, para asumir sus propias responsabilidades y autonomía, reforzando y moldeando tu toma de decisiones y resolución de problemas. Emplean el diálogo, el razonamiento y el análisis de los hechos y circunstancias del contexto en que se producen las conductas de los hijos, antes de valorarlas. Contribuyendo con ello al desarrollo de la autoestima, autorregulación conductual, creatividad, tolerancia a la frustración, responsabilidad y autonomía, de sus hijos.

También podemos para fomentar la simpatía de los progenitores, por estos procesos formativos, formularles en nuestros encuentros o reuniones con ellos, preguntas como:

  • ¿Cuántas veces te sentiste incomprendido por tus padres?
  • ¿Cuántas veces crees, que le puede estar ocurriendo a tu hijo?

Aunque sin dudas, la herramienta más potente, para atraer a los progenitores a este tipo de acciones formativas, es permitirles ver que tras las etiquetas de padre, madre o hijo, radica una persona autónoma, aunque dependiente en ciertas etapas de su vida, que necesita apoyo y orientación para desarrollar sus capacidades personales, capacidades que le permitirán encontrar y alcanzar el bienestar personal, familiar, profesional y social. Y que esta habilidad para el apoyo y orientación de las personas, no se adquieren por la etiqueta sino por la formación específica.

(1) Baumrid, D. The development of instrumental competence through socialization, en Martínez González, R-A.; Pérez Herrero, Mª. H.; Álvarez Blanco, L. (2006). Estrategias para prevenir y afrontar conflictos en las relaciones familiares (padres e hijos). Madrid. Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales.