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“Libres de los trabajos y de las preocupaciones de la vida, creemos necesario para nuestra felicidad el conocimiento de los secretos y maravillas.”
Cicerón.
 

El rasgo de personalidad más demandado a los individuos adultos, por casi todas las culturas es que; hayan aprendido a gestionar o manejar sus pensamientos y emociones. Entendiendo por manejar, aquella habilidad que permite al individuo un aprovechamiento eficaz de las ideas y sentimientos, generados en su interacción con los elementos ambientales que le rodean.

Alcanzar este dominio demanda, de los individuos, el conocimiento de cuanto sucede dentro y fuera de su organismo, permitiéndole con ello evaluar y actuar en consecuencia. A esta capacidad de conocer la información emitida por nuestro propio organismo y, por los elementos ambientales que nos rodean, sabiendo además que podemos dirigir su curso, es lo que llamamos, ser consciente.

Y gracias a ella, nos podemos sentar, desde que el Ser Humano es Ser Humano, al calor de una hoguera compartiendo con familiares, amigos y, conocidos, aquellos acontecimientos que a lo largo del día hemos visto, oído, sentido, sufrido o soñado. Es decir, gracias a la conciencia somos capaces de elaborar, gestionar y compartir nuestra vida.

El problema habitual que suele surgir alrededor de esta capacidad, cuando estamos sentados en nuestra hoguera familiar, o rodeados de amigos en la barra de un bar, o compartiendo el espacio de un diván con un conocido; es descubrir que nuestro nivel de habilidad en el desarrollo de esta capacidad cognitiva es bajo o muy bajo con respecto al nivel que demandan los retos a los que nos enfrentamos, generando en nosotros un sentimiento de insatisfacción o frustración vital. Sucede también el caso contrario, es decir, un alto nivel en el desarrollo de esta capacidad y un nivel de dificultad muy bajo en los retos vitales, conduciéndonos a un inexorable estado de aburrimiento vital.

Ambos son dos de los principios generales aportados, tras décadas de investigación sobre la felicidad y experiencia vital positiva, por Mihaly Csikszentmihalyi en su Teoría del Flujo. Y que resume en la siguiente rueda vital (1).


Esta necesidad vital, que tenemos todos, de desarrollar la capacidad cognitiva de la consciencia para alcanzar una vida plena y feliz, ha provocado que en más de un momento, entreguemos nuestro presente y futuro a los deseos, intereses u objetivos de personas o elementos, muy alejados y lejanos de nuestra vida.

Desde los diferentes campos educativos y formativos, especialmente en los últimos años, se ha tratado de revertir esta situación a través de la Educación Emocional o de técnicas orientadoras como el Coaching, intentando con ello, devolver a la persona el control vital de su experiencia diaria y de sus expectativas de futuro.

Así, a día de hoy, seguimos tratando de poner en valor aquella máxima griega de “Conócete a ti mismo”, a través de las preguntas del Orientador, Coach o Docente (¿Qué es lo más importante de tu vida? ¿Cómo sería un día ideal para ti? ¿Qué te saca de quicio? ¿Qué percibes como tus debilidades? ¿Cuáles son tus dones y talentos?), con el único objetivo de promover en las personas respuestas que les permitan sentir que viven y han vivido de forma plena y satisfactoria.

(1) M. Csikszentmihalyi (1990). En Fernández-abascal, E.G; Martín, M.D.; Domínguez, J. (2006). Procesos Psicológicos. Madrid: Pirámide.